domingo, 25 de octubre de 2009

Deberes y derechos

La civilización occidental, llamada también judeo-cristiana, basó siempre el juicio sobre los seres humanos en el cumplimiento de los Diez Mandamientos. La conducta humana giraba sobre el eje del “Harás esto y evitarás aquello”, como “Honrarás padre y madre” y “No matarás”. La sociedad se asentaba en el cumplimiento de deberes claros, precisos y seguros. Cada uno debía acatarlos según su estado: se hablaba de los deberes de un padre de familia, de una empleada doméstica, de un político o de una enfermera, además de los básicos por la mera realidad de ser personas humanas.

En todas las épocas y en todos los estratos sociales se daban transgresiones, igual que hoy, pero quienes las cometían sabían con certeza lo negativo de la acción que faltaba al cumplimiento de un deber. El conocimiento del mal no entrañaba problemas las normas venían de una instancia superior.

Hoy en día los deberes casi han desaparecido en beneficio de los derechos. Se ha hablado tanto de estos desde la Revolución Francesa que todos tendemos a reclamarlos para nosotros, sin reparar en los derechos de los demás. Nuestra cultura se ha impregnado de derechos, pero no ha cuidado la contraparte, los deberes. Por eso cualquier individuo nos bombardea con listas de derechos reales o presuntos sin informarnos de los derechos ajenos que podrían ser violados si no actuamos con sumo cuidado.

Predicadores de cultos sin obligaciones, profetas de ‘visiones naturalistas, políticos con proyectos utópicos, en fin, todos los representantes variopintos del buenismo ilusorio, nos proponen modos de vida fundados en la defensa radical de los derechos, como si las personas humanas vivieran en absoluta soledad.

La paradoja vivencial surge cuando las personas cumplen con el deber de defender sus derechos, no solo por legítimos intereses, sino porque a la larga al renunciar a los derechos básicos se allana el camino a la imposibilidad de cumplir los deberes que distinguen al hombre de las bestias. Entre ellos el deber de responder de nuestros actos cumplidos con libertad, no por sumisión al poder.

Carlos Freile
Diario La Hora
cfreile@lahora.com.ec

Las señales...

Una cicatriz sobre la ceja izquierda, producto de un cachazo de pistola, es la huella de uno de los tres atracos que ha vivido en buses interprovinciales. Angel Mendoza tiene aproximadamente 40 años y viaja constantemente por cuestiones de trabajo. El domingo 18, mientras estaba en el bus que se dirigía de Chone a Quito, en la cooperativa Reina del Camino, se enteró que una de las unidades había sido víctima de un robo.

“En una ocasión una mujer se sentó a mi lado, y como yo escuchaba música con los auriculares de mi celular, me pidió que le dejara escuchar también. Luego de un rato, la chica, junto con otros cuatro hombres que estaban sentados a lo largo del bus se levantaron de golpe y gritaron: ¡esto es un asalto! Empezaron a quitarnos a todos dinero y otras pertenencias”.

Mendoza recordó que entre los pasajeros había un hombre que calzaba unos zapatos de marca. Cuando los ladrones lo vieron, lo obligaron a acostarse en el suelo y sacarse los zapatos. Pero el testimonio del pasajero expresó que la pezuña inundó el ambiente e hizo desertar a los hampones del robo de las zapatillas.

Han transcurrido más de una hora desde que Mendoza escuchó del atraco. Siete u ocho viajeros más se suman a la conversación para compartir sus experiencias vividas en sus recorridos por las carreteras del país. Mientras, la Policía se apresura a realizar operativos de seguridad para revisar a las personas que se suben a los transportes especiales que se dirigen a Quito.

Entre estos pasajeros reina el miedo, generado por la situación traumática de la que han sido protagonistas. Esta sensación no los abandona ni les permitirá volver a transitar o viajar en paz...

Roque Rivas Zambrano
Diario La Hora
salvataje@yahoo.com