La violencia que vive el mundo y de la cual no se sustrae el Ecuador, ha llegado a límites insoportables. Nuestra sociedad no aguanta más, pues no sabe si cuando se traspone las puertas de la casa, volveremos a ella, porque ese el grado de inseguridad que existe. Todos los días a todas horas se asalta, se mata, se asesina a mansalva y sobre seguro a víctimas inocentes que son, sacrificadas. La prensa está llena de crónica roja, que si exprimimos los periódicos, seguro que obtendríamos sangre, pues se informa con crudeza. Aún con los muertos deberíamos tener caridad.
En el país entero ha crecido a niveles alarmantes la delincuencia, aún cuando hay autoridades que solamente expresan que se trata de “una percepción”. Seguramente lo será hasta cuando a un miembro de sus familias sufra las consecuencias de la acción delincuencial.
Pero en realidad el objeto de este breve análisis no es acusar a nadie ni buscar culpables. Es mejor hacemos introspectivamente su “mea culpa”. Todos somos responsables. Por ello, creo yo que una de esas causas de la situación que vivimos es la falta de amor, amor hacia asimismo, de amor a los hijos, a la familia, de amor hacia los demás, de amor hacia la sociedad, de amor hacia la Patria, que precipitan los hechos que ocurren en medio de una vorágine de consumismo que nos agobia. Sembremos amor en los hijos, inculquémosles con verdad valores, ese el primer laboratorio de amor, y ellos multiplicarán el mismo en sus vidas, pues son el árbol frondoso de donde nacen la moral, las buenas costumbres y con ellas el amor.
Pero vivimos en un país donde los ciudadanos - todos - y las autoridades por nosotros, lo intentan todo, menos vivir con caridad y peor con amor. Quienes deben dictar las leyes, se han puesto de acuerdo en no estar de acuerdo y la sociedad debe esperar largos meses por una reforma penal que sería un paliativo en la grave situación que vivimos y que con esas reformas, necesarias, disminuiría la ola delictiva que tanto daño nos causa. Mi familia y yo hemos sido víctimas del delito, lo he vivido en carne propia el delito y sé cuanto daño e impotencia se siente frente al flagelo del mismo.
En la vida real y cuotidiana, vemos que los jóvenes -hombres y mujeres- ya no viven el amor que vivíamos en el ayer lejano quienes hoy somos abuelos o lo que era en época de los padres de ellos Es que antes, es necesario destacar había amor, dábamos amor y nos casábamos por amor. Ahora para que “tanto amor”, piensan la juventud, si el facilismo y la promiscuidad son los ejes que gobiernan estas vidas jóvenes. Cuando en nuestra época de adolescencia nos enamorábamos, y luego íbamos al matrimonio lo hacíamos por amor y solamente ahí se daba la convivencia sexual.
Hoy para qué tanta ceremonia, dicen, si pueden y de hecho tienen relaciones sexuales, sin afecto, sexo por el simple placer de éste, con la facilidad que esa relación puede ser por unas horas, por una noche o unas cuántas noches, y los jóvenes llaman “corto vacile”. Los padres debemos dejar de contribuir con esas conductas, entregando vehículos, con equipos de sonido estrindente, y encima dinero para que las llenen con jabas de cerveza que las beben en público y luego el “corto vacile”
Es hora de cambiar esas malas costumbres, de encontrar en el diálogo soluciones, de dar y recibir amor, únicos sentimientos que valoran a la persona y permite formar una familia.
El despotismo y la agresión deben desterrarse. Pongamos en práctica y de moda el buen trato, seamos humildes, terminemos con el orgullo y la arrogancia. En tanto me pregunto a “Dónde voló el amor?
Finalmente, con estas reflexiones, quiero convidarlos a deleitarse con unos hermosos versos que -lo leí en un cartel de una oficina pública en Machala, que dice “Una SONRISA. No cuesta nada/y produce mucho/Ella enriquece a aquellos que la reciben/Sin empobrecer a aquellos que la dan/Ella no dura más que un instante/ pero su recuerdo es eterno/ Ninguno es demasiado pobre para no poderla dar/Y nadie es demasiado rico para no necesitarla”
Jaime Cisneros Rendón
DIARIO EL NACIONAL


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